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Friday, February 3, 2023

La nueva fiebre del ajedrez

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El ajedrez es una mina de oro para escritores, periodistas y cineastas, más allá de sus 15 siglos de historia, centenares de personajes fascinantes y atractivas metáforas. Sus tentadoras conexiones con la inteligencia artificial, pedagogía, neurología, psicología, psiquiatría, matemáticas, política internacional, literatura, música, cine o deporte son una rica fuente de inspiración permanente para películas, obras de teatro, novelas y ensayos.

“Quienes pueden imaginar cualquier cosa, pueden crear lo imposible”. Ese principio guio a Alan Turing para dirigir el equipo ultrasecreto que descifró el código Enigma del ejército nazi, lo que probablemente acortó varios años la Segunda Guerra Mundial y evitó millones de muertes. Hay indicios para pensar que al gestar esa frase estaba pensando, entre otros, en grandes maestros de ajedrez. Uno de los protagonistas de la película Descifrando Enigma (2014) es el coronel Hugh O’Donel Alexander, campeón británico en ese momento y eminente matemático. Pero en ese equipo había más ajedrecistas. Entre ellos, Stuart Milner-Barry y Harry Golombek, quienes, junto a Alexander, abandonaron precipitadamente la Olimpiada de Ajedrez de Buenos Aires de 1939 porque su primer ministro, Winston Churchill, había dado la orden de que se encerraran con Turing y otros cerebros privilegiados en Benchley Park para una misión de extrema importancia. El éxito y la intensidad de esa convivencia con los grandes maestros debió de influir en que unos años después, en 1948, Turing crease el primer programa informático de ajedrez, Turochamp. Y que al mismo tiempo eligiera el ajedrez como campo de experimentación de la inteligencia artificial.

Su razonamiento era que la enorme complejidad del ajedrez —hay más partidas distintas posibles que átomos en el universo conocido— permitiría aplicar en campos muy importantes lo aprendido en el proceso científico para que una máquina ganase al campeón del mundo. El tiempo le dio la razón, medio siglo después, cuando Deep Blue (IBM) derrotó a Gari Kaspárov en 1997, después de la derrota de su precursor, Deep Thought, en 1989, y del propio Deep Blue en 1996. La historia está bien explicada en los documentales The Chip versus the Chess Master (1991) y Game Over: Kasparov and The Machine (2003). Gracias a esa investigación, IBM logró importantes avances en los años siguientes en ámbitos conectados con el cálculo molecular: fabricación de medicamentos complejos, planificación agrícola, pronóstico meteorológico o cálculo financiero.

Partida entre el periodista Manuel de Agustin y Arturito Pomar, de 12 años, en 1943. El segundo protagoniza ‘El peón’ (2020), de Paco Cerdà.VIDAL (EFE)

Turing murió envenenado a los 42 años. Probablemente se suicidó por los terribles efectos secundarios de la castración química que eligió para librarse de la cárcel cuando se descubrió que era homosexual. En justicia, merecía haber vivido al menos 85 años para ver la derrota de Kaspárov. O, mejor aún, 109, porque entonces hubiera sido testigo de una prueba aún más impresionante de cuánta razón tenía: en 2021, la empresa Deep Mind (Google), logró el mayor avance en la historia de la biología —descifrar el comportamiento de las proteínas— gracias a lo aprendido con el ajedrez y el go (un juego aún más complicado en su táctica, aunque menos en la estrategia) a través de sus revolucionarios programas AlphaZero y AlphaGo, de los que dieron cuenta dos documentales distintos.

La convicción de que el ajedrez puede ser muy útil como herramienta educativa —sustentada por estudios científicos y largas experiencias internacionales— está plasmada en varias películas alabadas por la crítica. La más conocida es En busca de Bobby Fischer (1993): un matrimonio neoyorquino pierde la mesura (como tantos otros progenitores de grandes talentos del fútbol, tenis, etc.) al descubrir que su hijo es un superdotado para el ajedrez. Más reciente, y también muy aplaudida, es La Reina de Katwe (2016), la historia real de Phiona Mutesi, una niña ugandesa que padece el infortunio de nacer en la miseria de un suburbio de Kampala hasta que, gracias al ajedrez, empieza a descubrir el mundo y, sobre todo, su propia capacidad para grandes logros. Con similar hilo conductor, y también basados en historias reales, hay otros filmes recomendables: Brooklyn Castle (2012), Critical Thinking (2020) o Los caballeros del sur del Bronx (2005). En todos ellos, adolescentes nacidos y criados en entornos muy difíciles salen adelante en la vida por lo que el ajedrez les enseña incidiendo en ellos como una droga benigna y terapéutica que los aparta de las que se venden en las calles.

En parte, la protagonista de ‘Gambito de dama’ se basa en la húngara Judit Polgar, que bien merecería un ‘biopic’

El autor de estas líneas escribió un reportaje en tres partes (Trump amenaza mate) que demuestra la veracidad de lo revelado en esas cuatro películas. El primero glosa la utilización del ajedrez con muchos alumnos de una escuela del Bronx en situación familiar muy delicada. El segundo se centra en un psicólogo de origen español, Fernando Moreno, que recurre al ajedrez, en un centro del estado de Maryland donde el 100% de los alumnos son hijos de inmigrantes, como terapia para resolver o paliar sus problemas sociales. El tercero recalca el contraste entre un colegio carísimo de Manhattan y el público 318, que inspiró Brooklyn Castle; en ambos, el claustro de docentes no tiene la menor duda sobre la utilidad pedagógica del ajedrez.

De los centenares de personajes arrebatadores del deporte mental, algunos ya están inmortalizados en novelas o películas. El más fascinante y explosivo de todos, para lo bueno y lo malo, quizá sea el ruso Alexánder Aliojin (1892-1946), transliterado como Alekhine cuando se hizo francés. No es aventurado predecir que la industria de Hollywood se fijará algún día en él para llevar a la gran pantalla una vida de culebrón: su familia fue expropiada por la Revolución bolchevique; él, encarcelado en Alemania durante la Primera Guerra Mundial; y condenado a muerte en Moscú a su regreso, supuestamente salvado por Trotsky; luego huyó con una enfermera suiza a la que abandonó al llegar a Francia; ahí empezó su tendencia a emparejarse con señoras mayores y muy ricas; mientras tanto, fue campeón del mundo y asombró por doquier con exhibiciones de partidas simultáneas a ciegas (con los ojos vendados).

A la espera de ese gran filme, hay dos novelas de alta calidad que se centran en la última parte de su vida: los artículos antijudíos que escribió tras ser apadrinado por el régimen nazi, sus años en España, donde mezcló su genialidad ajedrecística con un alcoholismo creciente; y su misteriosa muerte en Estoril (Portugal), con fundadas sospechas de asesinato. Son Teoría de las sombras (2017), de Paolo Maurensig, y La diagonal Alekhine (2022), de Arthur Larrue.

Otro ajedrecista fascinante y explosivo, también para lo bueno y lo malo, es Bobby Fischer (1943-2008), en quien sí se han fijado los productores de Hollywood y una legión de creadores. La película Pawn Sacrifice (en español, El caso Fischer, 2014), refleja bien varias partes de su vida, pero salta por encima de la adolescencia, una etapa esencial para entender por qué Fischer fue, además de un genio y el ajedrecista más carismático de todos los tiempos, un enfermo mental, como pudo comprobar el arriba firmante en sus tres encuentros secretos con él. Para entender el personaje en su plenitud es mejor el documental Bobby Fischer contra el mundo (2011), y la biografía Endgame (publicada en español por Editorial Teell).

Su duelo en Reikiavik contra el soviético Borís Spassky en 1972, en plena Guerra Fría, no pudo ser más simbólico, fue noticia de primera página en gran parte de la prensa mundial y ha inspirado a muchos autores. El ensayo Campos de Fuerza (1973), de George Steiner, la obra de teatro Reikiavik (2015), de Fernando Mayorga, y la ópera rock Chess (1986) son de excepcional calidad. Dos ensayos muy interesantes de 2020 incluyen también al efímero campeón del mundo norteamericano, pero dentro de un abanico mucho mayor de temas y personajes: El peón, de Paco Cerdá, y Nieve Negra, de Jorge Benítez. El primero habla de Arturito Pomar, el niño prodigio del ajedrez al que Franco utilizó en beneficio propio. El segundo recoge las traiciones y las grandes rivalidades que rodean a este deporte.

Los aficionados nacidos en la segunda mitad del siglo XX son grandes privilegiados porque, además de la épica rivalidad Fischer-Spassky, hubo otras dos cuya repercusión trascendió mucho los límites del tablero blanquinegro, por motivos políticos relacionados con la Unión Soviética (URSS), donde el ajedrez era una pasión nacional. Anatoli Kárpov fue el héroe designado por el Kremlin para recuperar el honor nacional perdido por Spassky. Y esa elección enfureció a Víktor Korchnói (1931-2016), quien se escapó de la URSS, ganó el Torneo de Candidatos y disputó con Kárpov dos de los duelos más escandalosos de la historia, muy bien reflejados en el filme que ganó el Oscar al mejor de habla no inglesa en 1984, La diagonale du fou.

El jugador de ajedrez Alexander Alekhine, protagonista de 'La diagonal Alekhine' (2022), del francés Arthur Larrue.
El jugador de ajedrez Alexander Alekhine, protagonista de ‘La diagonal Alekhine’ (2022), del francés Arthur Larrue.Keystone-France (Gamma-Keystone via Getty Images)

Cuando el nuevo héroe nacional Kárpov creía que podría vivir de rentas, surgió en Bakú (Azerbaiyán) el revolucionario Gari Kaspárov, con quien mantuvo (sobre todo entre 1984 y 1990) la mayor rivalidad en la historia de todos los deportes individuales. Kárpov era el símbolo de la vieja guardia comunista; Kaspárov, el de la perestroika (renovación) y glasnost (transparencia) que definieron a Mijaíl Gorbachov. Una cinta rusa reciente que se proyectó en el pasado BCN Film Fest, The World Champion, narra de modo tan subjetivo como interesante la vida de Kárpov.

Una de las razones más influyentes para que el ajedrez haya inspirado a tantos intelectuales es su poderosa conexión con la psicología, que se refleja en novelas de muchos lectores. Por ejemplo, El Ocho (1988) de Katherine Neville. O dos de Arturo Pérez Reverte (quien, además, hace guiños al ajedrez en varias más): La tabla de Flandes (1990) y El tango de la guardia vieja (2012). Pero más potente aún es el imán de la conexión entre ajedrez y psiquiatría; es decir, la tentación de pintar a los ajedrecistas que protagonizan una obra como locos de atar. Un ejemplo chirriante es la película Jaque al asesino (1992), muy criticada por vulgar. Bastante más lograda, navegando en los tormentosos límites entre la genialidad y la locura, es El jugador de ajedrez (1978), con Bruno Ganz. Los psiquiatras suelen coincidir en que una buena educación y una adolescencia equilibrada son claves para que la genialidad no derive hacia la locura, como se deduce de lo bien educado que fue el actual campeón del mundo, el noruego Magnus Carlsen. El documental Magnus (2016), es muy apropiado para reforzar esa idea.

Hay otro enfoque menos obvio que el de Jaque al asesino y muy atractivo para el lector o espectador: agarrarse al ajedrez como una tabla de salvación para no caer en la locura cuando la vida es un infierno. El maestro de los maestros en esa lid es sin duda Stefan Zweig con su Novela de ajedrez, descuartizada para llevarla al cine con el título de The Royal Game (se estrenó en Filmin en junio). Otra obra maestra es La Defensa (1930), de Vladímir Nabókov, llevada a la gran pantalla con más voluntad que acierto como La Defensa Luzhin (2002) por Marleen Gorris. La misma idea, pero en un contexto bien distinto —la Guerra Civil española y la ocupación nazi de Francia—, se ve en la película española El jugador de ajedrez (2017), que no hay que confundir con la de Bruno Ganz.

Anya Taylor-Joy y Simon Jensen, en la serie de Netflix 'Gambito de dama' (2020).
Anya Taylor-Joy y Simon Jensen, en la serie de Netflix ‘Gambito de dama’ (2020).PHIL BRAY/NETFLIX (Phil Bray/Netflix)

En este resumen no puede faltar la obra que ha puesto de moda el ajedrez en medio mundo durante la pandemia: la serie Gambito de Dama (Netflix). Aunque con errores leves y algún mensaje moral muy discutible —parece que al director no le gusta la idea de que, al menos en ajedrez, el perdedor es quien más aprende—, es una obra de gran calidad, que refleja bien la vida de los ajedrecistas y la pasión que se vivía en la URSS. Incluso las piezas de colores, que la protagonista, Beth Harmon (interpretada por Anya Taylor-Joy), tumbada en la cama, se imagina en el techo son verosímiles. Parte del personaje está basado en uno real, que bien merecería un biopic: la húngara Judit Polgar, única mujer en la historia que ha estado entre los diez mejores del mundo, pero con una diferencia esencial: al igual que sus dos hermanas, Judit creció en una familia compacta, recibió una educación muy esmerada y no tuvo relación alguna con las drogas.

Quien haya leído hasta aquí probablemente dará la razón al gran maestro y periodista neerlandés Hans Ree: “El ajedrez es tan rico que una sola vida no es suficiente para disfrutarlo entero”. No solo se refiere a que el número de partidas distintas posibles es un uno seguido de 123 ceros (el de átomos en el universo tiene 43 ceros menos). También a que el ajedrez puede ser un buen punto de partida para hablar de casi cualquier cosa.

Lecturas

La diagonal Alekhine 
Arthur Larrue.  
Traducción de José A. Soriano.
Alfaguara, 2022. 
280 páginas. 19,90 euros.

Gambito de dama
Walter Tevis
Traduccion de Rafael Marín.
DeBolsillo, 2022.
320 páginas. 10,95 euros.

Novela de ajedrez 
Stefan Zweig.  
Traducción de Luis F. Moreno Claros.
Acantilado, 2022. A la venta el 5 de septiembre.
120 páginas. 14,50 euros.

El peón 
Paco Cerdà.
Pepitas de Calabaza, 2020. 
256 páginas. 18 euros.

Nieve negra
Jorge Benítez.
Libros del KO, 2020.
218 páginas. 15,90 euros.

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Source elpais.com

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